La Aspirina entró en el año 1950 en el Libro Guiness de los Récords por ser el analgésico más vendido. Y es muy difícil que la desbanquen de ese puesto, ya que tanto la Aspirina como su genérico, el ácido acetilsalicílico, siguen estando presentes en multitud de medicamentos:

  • Como analgésico exclusivamente, en dosis de 500 mg (1000 mg en otros países)
  • Como analgésico en combinaciones antigripales, usualmente junto a un antihistamínico, un antitusivo y/o un descongestivo nasal.
  • Como antiagregante plaquetario, en dosis de 75, 100 o 300 mg (en España sólo las últimas dos).

Y estos son sólo sus usos ya establecidos: se investiga también la posibilidad de utilizar el ácido acetilsalicílico para prevenir la aparición de cánceres del aparato digestivo y prevenir muertes por cáncer en general. El ácido acetilsalicílico ha demostrado ser un excelente analgésico, un medicamento salvavidas gracias a sus propiedades antiagregantes, y aún puede que tenga lugar en la terapia oncológica… pero ¿cómo llegamos hasta aquí?

 

 

Los orígenes naturales de la Aspirina

 

Una de las drogas más conocidas desde tiempos remotos es la corteza de los árboles que pertenecen a la familia Salicaceae, como el Salix alba o Salix fragilis. La corteza de sauce es rica en un compuesto llamado salicina, poseedor de propiedades analgésicas y antipiréticas, y ya se la utilizaba en las civilizaciones sumeria y egipcia. El papiro de Ebers, que recoge varias preparaciones farmacéuticas del Antiguo Egipto (año 1500 AC) ya describía decocciones de sauce para tratar dolores e inflamaciones varias. También el famoso Hipócrates de Cos (siglo III AC) recomendaba la corteza de sauce para aliviar dolor inflamatorio y el dolor de parto. Dioscórides, el gran médico y botanista griego (siglo I DC) recomendaba las decocciones de sauce para dolores cólicos, gota y dolor de oído. Su farmacopea botánica, De Materia Medicae, influyó la medicina occidental durante los siguientes 1500 años.00

 

 

De la salicina al ácido salicílico

 

Avanzamos al año 1758, cuando el reverendo Edward Stone, buscando algo más barato que la quina para tratar crisis febriles de malaria, utilizó el extracto acuoso de Salix alba en 50 pacientes. Con este experimento logró demostrar la notoria acción antipirética del extracto de corteza de sauce. La Royal Society de Londres publicó su estudio en 1763, dejando su huella en la historia de la Aspirina con la primera demostración con rigor científico de la efectividad de la corteza de sauce como tratamiento para la fiebre.

 

Llegamos al 1828, en el que Joseph Buchner logra aislar a partir de la corteza de sauce un compuesto cristalino amarillo y muy amargo, llamado salicina, responsable de la actividad farmacológica de la droga. La salicina es un beta-glucósido, es decir, un compuesto de glucosa y alcohol salicílico, que en el cuerpo se separa en esas dos moléculas. El alcohol es oxidado a ácido salicílico, que es el verdadero analgésico en el interior del cuerpo, por lo que los experimentos prosiguieron con este ácido. Hubo que esperar hasta el año 1859 para que se diseñara la reacción Kolbe-Schmitt, una reacción química entre fenóxido de sodio y CO2 que se realiza a 125ºC de temperatura y 100 atmósferas de presión para obtener un producto intermedio que, al acidificarlo con ácido sulfúrico, da lugar al ácido salicílico. Por primera vez se pudo obtener ácido salicílico sintético a precio diez veces más barato que el que provenía de salicina natural, con lo que se pudo generalizar el uso y el estudio clínico de ácido salicílico o su sal sódica, el salicilato de sodio.

 

 

Del ácido salicílico a la Aspirina

 

El problema con el ácido salicílico y su sal sódica radicaba en sus efectos adversos: náusea, irritación gástrica y tinnitus (el nombre médico del “zumbido en los oídos”). Entran los laboratorios Bayer, interesados en encontrar una forma de ácido salicílico que no tuviera estos problemas. Le encargan la tarea a Friedrich Hoffman que, el día 10 de agosto de 1897, registra en su cuaderno de laboratorio la síntesis del ácido acetilsalicílico. El nombre comercial escogido para este ácido fue Aspirina: a por el acetilado, spir porque la salicina utilizada provenía de una planta llamada Spiraea ulmaria, y el sufijo -ina por ser muy utilizado en medicamentos por aquel tiempo.

 

Esta molécula tuvo un éxito inmediato: primero se vendió como polvo y luego en tabletas, y para el año 1950 era el analgésico más vendido del mundo. Es verdad que este éxito tuyo “ayuditas extra”: por un lado los síntomas de la gripe española se mitigaban con Aspirina, lo que aumentó la fama de la Aspirina como analgésico y antipirético en todo el mundo, y por otro lado tampoco tuvo competencia real como analgésico efectivo, seguro y no adictivo hasta 1956 que fue cuando apareció el paracetamol… pero esa es otra historia.

 

 

Vaivenes de la Aspirina

 

La Aspirina fue la reina de los analgésicos durante muchos años, pero en 1938 sufrió su primera caída en desgracia. Con la invención del gastroscopio fue posible asociar el uso de Aspirina a gastritis y daño estomacal, con lo que el entusiasmo por el ácido acetilsalicílico se enfrió un poco. La síntesis del paracetamol en 1956 y la del ibuprofeno en 1962 hicieron mella en el uso de Aspirina, y otro gran golpe llegó en el año 1962 cuando se asoció el uso de ácido acetilsalicílico al Síndrome de Reye, una condición que puede aparecer en los niños y adolescentes que toman este medicamento cuando tienen varicela o gripe. Hasta el día de hoy, la Aspirina está contraindicada en menores de 16 años.

 

Pero no todo fueron malas noticias en esta época. Entre los años 1960-1971 se hicieron importantes trabajos que permitieron descubrir cómo funcionaba la Aspirina y que abrieron camino para la síntesis de otros antiinflamatorios. Esta investigación estuvo detrás del premio Nobel de Medicina del año 1982. Además, por esta época se descubrió que la Aspirina impedía la agregación plaquetaria, con lo que se abrió para la Aspirina la puerta de la terapia cardiovascular. Evitando la agregación plaquetaria se impide que las plaquetas se unan entre sí y den inicio a una serie de reacciones que culminan con la formación de trombos, y estos trombos tapan arterias causando ictus, infartos y otros problemas de salud. Varios estudios ente los años 1970-1990 demostraron que la Aspirina a varias dosis, siempre menores que la analgésica, es capaz de prevenir un segundo infarto de miocardio, un segundo ictus, o incluso un primer problema en gente con alto riesgo cardiovascular.

 

La ciencia tiene una larga historia de cambiar de parecer a medida que sale nueva evidencia, también con los medicamentos. Que si la Aspirina es buena, que si es mala, que si se la damos incluso a los niños (aún quedan personas mayores que piden “Aspirina de bebé”), que si no se la damos más que a algunos adultos para minimizar sangrados por el estómago, que si tomamos una al día para que no haya problemas cardiovasculares, que si previene el cáncer pero el riesgo/beneficio no parece tan claro para el daño estomacal… lo que sí es seguro es que la Aspirina sigue siendo uno de los medicamentos más vendidos al día de hoy, y será difícil que la destronen. Entre las utilidades que tiene, y las que aún pueden encontrársele, la síntesis de millones de comprimidos anuales está más que garantizada.