Bajo el manto de la historia de la farmacia encontramos la historia de los boticarios, de las plantas medicinales, de la manipulación de los metales, y del nacimiento de la ciencia médica y farmacéutica tal como la conocemos hoy. Pero también es la historia de las mujeres que cuidaban de sus hijos y de sus mayores dando tisanas para una mala digestión, aplicando una cataplasma para pasar mejor la tos… y, hasta finales del siglo XIX, aplicando conocimientos aprendidos en el entorno familiar y social, nunca en la universidad. Te contamos hoy un poco más de la relación de las mujeres con la Farmacia a lo largo de la historia europea.

 

 

La mujer y los cuidados básicos

 

Situémonos en Europa en el siglo XV: es una Europa cristiana, con roles claramente diferenciados para el hombre y para la mujer. La medicina es practicada por hombres que aprendían en universidades las teorías humorales aportadas por Galeno, y que debido a su escasez y precio no siempre estaban disponibles para toda la población. La mayoría de las veces eran las mujeres las que aportaban los primeros cuidados farmacéuticos, higiénicos y médicos. Las mujeres, como son las que traen los niños al mundo, eran consideradas personas “con dotes naturales” para el cuidado de los demás; así, las amas de casa y las niñas mayores de la familia solían tener una cierta preparación médica y farmacéutica acorde a los conocimientos de la época. Los pequeños malestares, desde una molestia infantil a un accidente doméstico, eran atendidos en primer lugar por las mujeres de la familia.

 

 

La mujer y los conocimientos más específicos

 

Un segundo nivel de cuidado lo podía dar la “mujer sabia” del pueblo, que podría haber sido conocida como “bruja”, ya que indicaba cuidados basados en plantas medicinales, rezos, e incluso hechizos. Sus conocimientos muchas veces funcionaban muy bien, pero otras veces no eran suficientes; pasado este punto, si el paciente no se recuperaba y podía permitírselo llamaba al médico. También se daba el camino inverso, es decir, pacientes que habían probado con tratamiento médico “oficial” sin resultado, buscaban una solución en el reino natural.

Hoy en día asociamos la palabra bruja con acusaciones de herejía. Estas acusaciones tienen su semilla en las preocupaciones de la Iglesia por las plantas medicinales: se estipulaba que el estudio y uso de las plantas medicinales era válido sólo si su efectividad era una manifestación del poder divino. Los eclesiásticos podían estudiarlas, pero en el caso de las mujeres el interés en determinadas plantas podía considerarse una muestra de manifestación demoníaca (recordemos que la mujer era considerada por defecto un ser inferior, más malvado, y menos inteligente que el hombre). Además, como las mujeres tenían vetado el acceso a estudios universitarios, cuanto más sabían y mejor curaban, mayor era la prueba de pacto con el diablo porque ¿de dónde salía su pericia si no? Entre esto, y que muchas veces era necesario buscar un chivo expiatorio para plagas, pestes, malas cosechas, tormentas que hundía barcos y otros males varios, era posible que una mujer que vivía un poco diferente a las demás se viera acusada de brujería.

Las otras grandes cuidadoras de la salud eran las monjas. Como religiosas que eran tenían a su cargo el cuidado de enfermos, cuidados que llevaban a cabo con las plantas medicinales que muchas veces se cultivaban en el mismo jardín del convento.

 

 

Las primeras mujeres profesionales: las boticarias

 

Avancemos en el tiempo un par de siglos. Las boticas de la época Moderna eran un negocio familiar en los que participaban el boticario, su mujer, quizás sus hijos y algunos dependientes contratados. Existen registros de mujeres boticarias, es decir, mujeres al frente de una botica, pero no son frecuentes. Los diferentes países europeos tenían diferentes legislaciones al respecto: Francia permitió que las mujeres fueran boticarias, mientras que en Alemania lo tenían prohibido. En España existen registros de mujeres boticarias, mujeres que solían acceder a la profesión de la mano de una herencia del marido, pero que no participaban activamente en la vida del gremio de la ciudad. Podían ser “apoyadas” por los maestros del gremio, pero nunca eran maestras por derecho propio y no tenían aprendices. No se permitió a las mujeres españolas tener botica por derecho propio hasta bien entrado el siglo XIX. En cambio, las mujeres inglesas en la misma situación podían acceder a la dirección del negocio y a un puesto en el gremio; incluso algunas boticarias inglesas llegaron a tener aprendices a su cargo.

 

 

Las primeras farmacéuticas

 

Saltamos al siglo XIX. Los boticarios dejan de existir, ya que ha cambiado la figura del maestro del gremio por la de graduado universitario. Pero este cambio no fue igual para hombres y para mujeres: las mujeres sólo pudieron acceder a los estudios universitarios a partir de la segunda mitad del siglo XIX solicitando permisos especiales a las autoridades académicas. Este paso indignó a más de uno, ya que se creía que “el cerebro de la mujer tiene menos materia gris” y eso “lo predispone a los sentimientos y no a las ciencias”. Este tipo de debate hizo que las mujeres tuvieran que esperar hasta el año 1910 para poder acceder en forma general a la universidad.

 

La carrera de Farmacia fue de las primeras en llenarse de mujeres. La primera mujer farmacéutica española fue María Dolores Martínez Rodríguez, licenciándose en 1893. Su colegiación causó revuelo, ya que el Colegio de Farmacéuticos de Alicante llegó a consultar a los Ministerios de Fomento y Gobernación si autorizaban la colegiación (a la que accedieron). Otra pionera en el área fue Zoe Rosinach Pedrol, la primera doctora en Farmacia. Se matriculó en la carrera en el año 1913 en la Universidad de Barcelona y obtuvo excelentes notas en todas las asignaturas, excepto en Análisis Químico. Y no porque no tuviera dotes para el análisis, sino porque su profesor se negaba a aprobar a una mujer; debido a esta obstinación,  Zoe tuvo que trasladar su expediente a la Universidad Central de Madrid para poder graduarse. En el año 1920 defendió la tesis para doctorarse en Microbiología, y posteriormente ejerció su carrera como farmacéutica abriendo su propia farmacia en un pueblo de Teruel.

 

Aún con libre entrada a la facultad todavía quedaban muchos baches para que una mujer tuviera una carrera en el área de la farmacia: por ejemplo, una mujer no podía realmente ser dueña de una oficina de farmacia sino que estaba bajo la tutela de su padre o marido, que tenía que “darle licencia” para actuar respecto a sus bienes. Esta situación se mantuvo hasta el año 1975 (¡finales del siglo XX!) cuando se derogó la licencia marital en España. La industria farmacéutica también estaba abierta a la presencia femenina desde que comenzaron a graduarse las mujeres, pero era frecuente que las mujeres se dedicaran al desarrollo de productos femeninos o infantiles en vez de poder dedicarse libremente al desarrollo de cualquier medicamento.

 

 

Los desafíos del futuro

 

Muchas cosas han cambiado en los últimos cien años. Hoy en día la carrera de Farmacia es un estudio ampliamente feminizado, ya que más del 70% de colegiados farmacéuticos españoles son mujeres. El siguiente reto será lograr una representación cercana a ese número en todos los puestos directivos asociados a la profesión y a la carrera… pero esa es otro capítulo en esta historia, uno que pasito a pasito ya se está escribiendo.