El placebo, según el diccionario de la Real Academia Española, es una “sustancia que, careciendo por sí misma de acción terapéutica, produce algún efecto favorable en el enfermo, si este la recibe convencido de que esa sustancia posee realmente tal acción.” Es decir, es posible que una sustancia no medicamentosa y sin actividad real alguna en nuestro organismo sea percibida como poseedora de propiedades curativas; a este efecto se le llama efecto placebo.

 

 

¿Por qué sucede el efecto placebo?

 

Para empezar, una de las razones del efecto placebo es que las sustancias inocuas se pueden utilizar en procesos fisiológicos que se alivian por sí solos, generando la idea de “causa de curación”. Por ejemplo, la diarrea por algo que te ha sentado mal suele desaparecer sola en pocos días, con la comida y bebida adecuadas. Si además tomaras un té de hierbas (por decir algo) cada vez que tuvieras una diarrea de este estilo, pensarías que el té es curativo, cuando la realidad es que la diarrea se curó con dieta y paciencia y que el té sirvió solamente para hidratarte porque contiene agua. Tu té de hierbas sería, con el paso de los años,  la “mano de santo” que se utiliza en tu familia cada vez que hay un malestar digestivo, aunque sólo fuera un preparado sin actividad farmacológica alguna.

 

Explicar el efecto placebo en el caso de sustancias inocuas que se utilizan en procesos que requieren tratamiento para su curación es un poco más complejo. Las razones aún no están claras, pero algunos factores que se sabe que influyen son:

  • La confianza en el médico que receta el placebo.
  • La ilusión que se crea en el paciente al recibir la receta, o al administrársele el placebo. Se sabe que si un médico, farmacéutico o enfermero dice algo así como “tómelo con confianza que le irá bien” no es lo mismo que “le damos esto que puede que le funcione, ya me contará”.
  • El supuesto conocimiento del mecanismo de acción de lo que se está tomando el paciente. Si te explican y te convencen de que ese comprimido que te has tomado tiene un principio activo que inhibe la actividad de enzima COX-2, evitando la síntesis de prostaglandinas que participan en el proceso inflamatorio e impidiendo que se activen las vías del dolor, fijo que el dolor se te va haya o no haya principio activo en ese comprimido.
  • El sentirte cuidado. Estar en una clínica con doctores que te escuchan, enfermeras que te atienden y con maquinaria sofisticada a tu disposición, impacta positivamente en tu manera de percibir tu malestar.

Se sabe que el efecto placebo, aunque no está perfectamente descrito, involucra reacciones neuronales complejas en las que aumentan neurotransmisores relacionados con el bienestar, como la dopamina y las endorfinas, así como mayor actividad cerebral en zonas ligadas al humor, a las reacciones emocionales, y a la autoconciencia.

 

 

¿Hace cuánto que se conoce el efecto placebo?

 

El efecto placebo estuvo detrás de la utilización sistemática a lo largo de la historia de medicamentos que hoy sabemos que no servían para nada, como la triaca o los elixires milagrosos. En una época en que la medicina y la farmacia estaban en pañales, al menos el efecto placebo daba un poco de mejoría en problemas de salud que no podían ser arreglados por falta de medios adecuados. Y los médicos lo han sabido durante siglos: Ambroise Paré, médico francés que vivió en el siglo XVI, ya decía que los médicos debían “curar ocasionalmente, aliviar frecuentemente, consolar siempre”.

 

El primer registro de la demostración del efecto placebo como tal tuvo que esperar hasta el año 1800. En esos años se había puesto de moda un tratamiento que consistía en pasar una vara compuesta por una aleación metálica secreta por encima de una zona adolorida para que el dolor se curara. John Haygarth, un médico inglés, demostró que daba igual pasar la vara de esa aleación, una vara metálica, o una vara de madera pintada para parecer metal; las tres varas tenían un porcentaje de éxito similar. Así, con un solo experimento desbancó un tratamiento que no era tal y demostró que la mente tiene poderes curativos si está convencida que el tratamiento funciona. Sus resultados fueron publicados en un libro llamado “Of the imagination as a cause and as a cure of disorders of the body” (De la imaginación como causa y cura de los desarreglos del cuerpo). Pero no fue hasta el año 1920 que se habló por primera vez del efecto placebo como tal en una publicación científica, y recién en el año 1931 se realizó el primer ensayo clínico utilizando un grupo control con placebo como control de los resultados obtenidos por el medicamento ensayado.

 

 

¿Para qué sirve el efecto placebo hoy en día?

 

Hoy en día los placebos se utilizan en algunos ensayos clínicos: simplificando mucho, podemos decir que se establece un grupo control de pacientes que reciben placebo y se comparan sus resultados contra los de un grupo experimental que reciben el medicamento investigado. La comparación de resultados permitirá saber si el medicamento nuevo puede resultar útil, ya que como mínimo se le exigirá que tenga mejores resultados que los resultados obtenidos por el efecto placebo.  Existen algunos tipos de ensayos clínicos en los que el placebo no resultaría ético, como los ensayos en pacientes con cáncer: negar un medicamento a un paciente oncológico significaría su muerte o empeoramiento, por lo que los nuevos medicamentos oncológicos se comparan con los antiguos. Así se puede saber si son mejores, peores, o iguales que los tratamientos ya existentes, pero no habrá comparación contra placebo.

Finalmente, algunos médicos aún usan vitaminas o pastillas de azúcar como placebos para sus pacientes. Se ha visto que funcionan bien en problemas relacionados con el dolor, el estrés, la ansiedad y efectos adversos de la terapia oncológica como la fatiga y la náusea. Y muchas veces funciona ¡aún cuando se avisa al paciente que se está tomando un placebo! El cerebro y nuestro cuerpo son verdaderamente maravillosos.

 

 

¿Es ético utilizar placebos?

 

Hay una discusión interesante alrededor de esta pregunta. Encuestas realizadas alrededor del mundo demuestran que los médicos recetan placebos cuando un paciente “necesita calmarse”, o cuando el paciente pide medicación de forma injustificada. Hay quien dice que el médico o el farmacéutico involucrado están engañando al paciente, pero contra este argumento está el “si funciona, es tratamiento efectivo y nadie ha sido engañado”.  También hay quien lo defiende diciendo “imagina quitar el dolor con agua, sin añadir los efectos adversos de los analgésicos”. Parece guay ¿no? En cualquier caso, se deben utilizar cuando se está seguro que es la mejor intervención para un paciente y que no hay necesidad de medicación “de verdad”.

 

Lo que sí está claro es que aún nos falta mucho por saber sobre nuestro cerebro y su interacción con el cuerpo, y los placebos son la mejor prueba de ello.