¿Te imaginas ir a la farmacia a pedir N-(4-hidroxifenil) acetamida para bajar la fiebre? ¿O una caja de 4-[4-(4-chlorofenil)- 4-hidroxy-1-piperidil]- N,N-dimetil- 2,2-difenil-butanamida cuando tienes diarrea?

Tampoco nosotros nos imaginamos dispensando algo con esos nombres. Menos mal que existen otras formas de nombrar los medicamentos, si no ¿quién tomaría Gelocatil o Fortasec? (puntos extra si descubriste al paracetamol y a la loperamida en esos nombres). La nomenclatura química es parte del ciclo del medicamento, pero las más usadas son la Denominación Común Internacional y los nombres comerciales. Te contamos en este artículo qué es qué, y cuándo usamos cada uno.

 

 

La nomenclatura de las moléculas químicas

 

Existe una manera uniforme de nombrar una molécula en función de su estructura, y esto aplica a todas las moléculas sin excepción. Medicamentos, colorantes, productos de limpieza, sales minerales… todas las moléculas que puedas imaginar tienen un nombre sistemático único en función de su estructura. Mirando su estructura puedes deducir el nombre sistemático, y sabiendo el nombre sistemático puedes saber inmediatamente qué estructura tiene una determinada molécula.

Las reglas las pone la IUPAC, un grupo de trabajo internacional que agrupa diferentes sociedades nacionales de química. Pero como estos nombres resultan insoportables para el trabajo frecuente con medicamentos, este nombre se suele dejar de lado y se prefiere la Denominación Común Internacional.

 

 

La denominación común internacional

 

Históricamente, cuando una molécula era caracterizada, el que la describía también podía poner un nombre. Los nombres morfina, ergotamina, o ácido acetilsalicílico vienen de esta época. Pero a medida que la lista de moléculas medicamentosas fue aumentando surgió la necesidad de sistematizar los nombres, para evitar confusiones.  Así fue que la Organización Mundial de la Salud propuso en el año 1950 el programa DCI o INN, siglas de la Denominación Común Internacional o International Non-proprietary Name, un proyecto para sistematizar y facilitar el “bautismo” de medicamentos. Así, el nuevo nombre no queda a voluntad del científico, sino que sigue una estructura que dice “algo” del medicamento.

La Denominación Común Internacional suele basarse en un sufijo que identifica al tipo de actividad que tiene el compuesto al que se le añade un prefijo que permita formar un nombre sencillo, fácil de pronunciar en varios idiomas, que no induzca a confusión con otros nombres de medicamentos y que sean fácil de aceptar en varias culturas. Para tener DCI una molécula debe haber llegado a la fase clínica, es decir, deben haber pasado con éxito pruebas en tejidos y en animales y pueden ser probados en humanos. Hoy en día existen más de 8500 moléculas que obtuvieron un “nombre genérico” gracias a este sistema.

 

Algunos sufijos que quizás conozcas son:

  • -prazol para los inhibidores de la bomba de protones, como omeprazol, lansoprazol, rabeprazol.
  • -afilo para los inhibidores de la fosfodiesterasa 5, es decir, la Viagra y sus parientes: sildenafilo, vardenafilo, tadalafilo.
  • -eno para antiinflamatorios como el ibuprofeno, naproxeno o el dexketoprofeno.
  • -azol para antifúngicos: clotrimazol, fenticonazol, miconazol.
  • -caina para anestésicos: lidocaína, benzocaína, tetracaína.

Algunos nombres previos a 1950 fueron tomados como denominación común internacional. Es el caso de la ergotamina o la penicilina, que se acepta para mencionar a los medicamentos originales y a ciertos derivados (dihidroergotamina, bencilpenicilina).

 

La denominación comercial

 

El DCI permite uniformidad, pero no individualiza un medicamento producido por un determinado laboratorio. Es útil para la práctica profesional, pero a nivel comercial no es atractivo. Es por ello que los laboratorios que lanzan un nuevo producto al mercado utilizan una marca comercial con nombre de fantasía, que suele ser mucho más agradable y pegadiza que un DCI. Un ejemplo de éxito en este sentido es el de la Viagra, el primer medicamento por vía oral para la disfunción eréctil: es muy usual que en la farmacia nos digan “dame el genérico de la Viagra” en vez de “dame sildenafilo”. En cambio, no ha pasado así con los medicamentos para el colesterol: hemos visto clientes que dicen simvastatina, simtavina, sebastiana o directamente “la del colesterol”, pero casi nadie pide “el genérico del Zocor”.

 

En cualquier caso, los nombres comerciales no pueden sugerir propiedades que el medicamento no tiene, ni confundir al paciente por similitud con otros medicamentos. Dormidina® es un excelente nombre para un medicamento que te ayuda a dormir, pero sería un pésimo nombre para un adelgazante. Tampoco se podría sacar al mercado un antiácido llamado Franidol, no sea cosa que nos confundamos y te demos el antigripal Frenadol en vez de tu antiácido favorito… y aun así, a veces se cuelan cosas:

  • Somnovit (psicótropo de venta controlada) y Sonovit (suplemento de venta libre para los zumbidos en el oído)
  • Auxina y Axura (vitaminas y medicamento para demencia)
  • Capoten y Capenon (captopril y amlodipino/valsartán, ambos para la tensión pero bien distintos en su modo de actuar)

 

En ese último caso es peor que los demás. Muchas veces te preguntamos si sabes para qué es tu medicamento para “salir de dudas”: el caso del Sonovit es fácil, al decir “pastillas para los oídos” ya sabríamos que algo va mal si cogemos la caja de Somnovit. Pero Capoten y Capenon son los dos para la tensión, si no entendemos la letra del médico o nos confundimos, solo queda que te des cuenta de que no es tu caja habitual… de ahí la importancia de un buen registro de nombres comerciales, de la claridad de la receta, y de poder contactar con el médico en caso de duda.

 

¿Verdad que paracetamol y loperamida no parecen trabalenguas tan complicados ahora?